CAPITULO 9 Promesa no cumplida...
CASTIGO ASEGURADO
Cuando el individuo realiza las promesas, decisiones trascendentales o compromisos, lo hace con la creencia de encontrar un propósito en la vida, un propósito que le dé una razón de vivir, ya que los miedos, culpa y propias grabaciones negativas de la madre, además de su Enemigo Interior, motivaron que el niño las leyera como soy un estorbo, un obstáculo, algo indeseado, fuera de tiempo o un peligro para la salud de la madre; siente tanta confusión que piensa que no debe nacer porque va a crear problemas. Pero su alma le motiva a seguir adelante, sabe que tiene que nacer y entonces encuentra una justificación para ello, la PROMESA. A través de la ella encuentra un propósito de vivir. En la mayoría de los casos, como la promesa no se recuerda conscientemente, no la cumple, por lo que la persona siente que fracasa; en otras ocasiones las cumple a medias y también tiene una sensación de no estar haciendo bien las cosas, por lo que sentirá culpa y sabe que todo culpable merece castigo, pero al mismo tiempo siente que no tiene propósito de vivir pues cree que el propósito por el cual nació fue para cumplir la promesa y no está cumpliendo con su objetivo. Al no cumplir no hay razón para vivir; por lo tanto el Enemigo Interior aprovechará esta culpa y la pérdida del propósito de vida para orillar a la persona a buscar inconscientemente la muerte. ¿Por qué la muerte? Porque la muerte es el resultado de no tener ningún propósito de vivir; no hay para qué vivir, no hay para qué trabajar, estudiar o buscar, lo que sigue es morir.
El castigo es aceptado por medio de un mecanismo, el cual el Enemigo Interior realiza interfiriendo el paso correcto de la energía vital suficiente para mantener al cuerpo humano en buen funcionamiento. Esto aunado a que el ser humano, sintiéndose culpable, ha aceptado mentalmente la enfermedad o padecimientos como parte de su destino, sin saber cómo el mecanismo de la mente mentirosa y el Enemigo Interior pueden destruirlo debilitando su campo energético, por lo que el cuerpo físico baja sus defensas permitiendo así la entrada de las enfermedades. Algunas personas, por su baja energía, no tienen la posibilidad de luchar y sobreponerse al Enemigo Interior, creen todo lo que la mente mentirosa les dice y en muchas ocasiones hasta se auto-programan para atraer una enfermedad o acepta la muerte como castigo, que es por medio de enfermedades, accidentes, adicciones, relaciones de amistad o sentimentales negativas, que causarán su sufrimiento.

Personas de alta energía pueden sobreponerse y confrontar los embates del Enemigo Interior, siguen viviendo pero castigándose, dependiendo de la culpa que sientan. Si es en menor grado, los castigos serán pequeños, como un dolor de cabeza, pérdida de la billetera, etc., pero si la culpa es en mayor grado, encuentran el castigo por medio de enfermedades largas y dolorosas, accidentes dolorosos sin provocar la muerte u ocasionando que su cuerpo sea amputado o deformado, ya sea por cicatrices u obesidad; así también aceptan castigos como fracasos financieros, pérdida de trabajo, fracasos sentimentales o divorcios, etc.
Cualquier situación que les haga sentir que no están cumpliendo con la promesa les hará sentir que pierden su propósito de vivir, aunque éste sea falso, como las promesas.

Ejemplo:
David recordó en regresión al vientre materno: Mis padres viven en EU, es en la época de la recesión. Cuando mi madre supo que estaba embarazada se asustó mucho, no quería el embarazo no tenían dinero para otro miembro en la familia, además temía a lo que mi padre fuera a decir. El tenía muy mal carácter y constantemente le gritaba. Yo me siento muy mal, les prometo que me portaré bien y que les ayudaré en todo, que siempre estaré con ellos para ayudarlos.

Posteriormente, agregó:

A los cinco años comencé a ayudar a mi madre con mis hermanos, nunca le pedía nada, había ocasiones en que los zapatos me quedaban chicos pero no le decía por miedo a que gastara. Desde los ocho años comencé a trabajar y le daba todo el dinero a mis padres; cuando me casé, a los 24 años, ya no pude darles dinero; me fui a vivir a otra ciudad, mi vida se volvió un caos, no podía concentrarme, todos los días me daban dolores de cabeza y constantes fiebres, los médicos no supieron qué me pasaba, mi carácter cambió, estaba enojado todo el tiempo, no me llevaba bien con mi esposa, me sentía cansado; un día mi esposa no soporto mi mal carácter y me dejó. Algo me llamó la atención, cuando ella se fue mi enojo comenzó a disminuir sin saber porqué, decidí regresar a casa con mis padres. Ahora me siento feliz de estar con ellos pues desde que regresé, el cansancio, los dolores de cabeza, las fiebres, la falta de concentración y mi mal carácter terminaron.

David creyó que causaba problemas económicos a sus padres, prometió ayudarlos siempre y estar con ellos convirtiendo estas promesas en su falso propósito de vida; al salirse de su casa imposibilitado para cumplir con las promesas, se sintió culpable y malo y por lo tanto merecedor de castigo; el Enemigo Interior aprovechó enviándole como castigo malestares físicos y enojo, presionó hasta que finalmente se divorció y se deshizo del motivo por el que abandonó a los padres. Finalmente regresó a casa retomando su falso propósito de vida: la promesa, por consecuencia dejó de castigarse y finalmente tuvo derecho a vivir.

Víctor: Mis recuerdos claros y conscientes son a partir de que yo tenía tres años, pero hoy sé que desde que mis padres se casaron la vida que él le daba a mi madre y después a mí, estaba llena de dolor, desprecio y engaño, ya que él tenía otra familia. Cuando llegaba a casa, después de semanas de no aparecerse nos corría diciéndonos: ’Lárguense de mi vida’, a lo que yo, teniendo seis años, contestaba pidiéndole a mi madre que nos fuéramos a vivir con mis abuelos o tíos lejos de mi padre, pero ella me respondía: No podemos hacer eso, si lo hacemos te quedarás sin padre y nadie que vea por ti. Cuando su padre (mi abuelo) nos visitaba y la veía sufrir, molesto por la situación y con coraje le decía a mi mamá claramente: Entre este niño y tu esposo te están matando. Lo que para mí quedó muy claro que debido a mí ella sufría y se estaba muriendo.

Por otra parte, mi madre me dejaba ir a jugar con mis vecinos; frecuentemente después de jugar entraba a la casa y me encontraba a mi madre llorando, yo le preguntaba:
-¿Qué haces?
-Nada, aquí planchando las camisas de tu padre, y él nos tiene aquí abandonados. Si bien me decía mi papá que no me casara con ese hombre. Debí haberme quedado en mi casa, pero ni hablar, mi obligación es quedarme con él y aguantar mi sufrimiento para que tú tengas padre... y para nada, porque cuando crezcas te casarás y te irás dejándome sola.
A lo que yo contestaba:
-¡No mamacita, no te preocupes!... ¡Te prometo que siempre voy a estar contigo y nunca me voy a casar!
Años después, a los 23 años, decidí casarme, cosa que mi madre reprobó recordándome la promesa...
-¿No que nunca te ibas a casar?.
Por eso viví con mi esposa en casa de mis padres. Al poco tiempo de que mi madre le declaró la guerra a mi esposa, decidí salir de su casa e irnos a vivir a un departamento. Unos meses más tarde comencé a sentir una angustia que me consumía, no sabía qué me pasaba; comencé tomar para apagar el fuego de tan extraño malestar que nadie podía diagnosticar. Años más tarde me divorcié, me casé de nuevo y me volví a divorciar; mi alcoholismo creció, me estaba acabando, tuve dos accidentes en los que manejaba en estado de ebriedad y estuve a punto de morir.

Víctor, al escuchar al abuelo, creyó que estaba causando la muerte de su madre porque su abuelo decía que entre él y su padre la estaban matando; Víctor se creyó culpable del sufrimiento de su madre. Por lo que prometió no casarse y cuidarla para que no muriera. En este momento Víctor convirtió estas promesas en su falso propósito de vida. Al casarse tuvo que vivir con su madre, pero al dejarla comenzó a castigarse emocional, física y mentalmente; se sintió malo y culpable ya que su Enemigo Interior le envió angustia por no cumplir las promesas; su castigo fueron los divorcios, el alcoholismo, la imposibilidad de sentirse bien consigo mismo hasta que finalmente su Enemigo Interior lo llevó a castigos mayores: accidentes donde casi pierde la vida. ¿Por qué?, porque la pena mayor para un culpable es la Pena de Muerte. Porque ya no tiene razón para vivir, él siempre creyó que la razón de su existencia era estar con su madre, cuidarla y vivir con ella.

Daniela, de 40 años; madre de dos hijos. Buscaba alternativas para sanar sus emociones y ayudar al tratamiento que estaba llevando para su cáncer en el estómago.
Comenzó a narrar su vida desde que era niña y dijo: Tenía cuatro hermanos, el mayor se fue de la casa antes de que yo naciera, el segundo tenía ocho años y yo seis cuando mi madre enfermó, mas dos hermanitos chiquitos, el último de dos años. Mi madre tenía cáncer en el estómago...
Mi padre era un borracho, nunca estaba en casa y cuando llegaba lo único que hacía era pegarle a mi madre, aun cuando estaba enferma...
Yo tenía siete años y le preguntaba a mi mamá qué tenía, me dijo que tenía cáncer y que se iba a morir, le dije:
-No te mueras, pásame tu enfermedad, pero no te mueras. Dámela, es mejor que yo me muera en lugar tuyo. Yo te cuidaré y nada te va a pasar.

Cuando estaba muriendo nos pidió cuidáramos bien de mis hermanitos. Nos quedamos solos, mi padre apareció después de una semana, aunque le fueron a avisar nunca vino a vernos; mis tíos se hicieron cargo de los gasto del sepelio de mi mamá, pero no podían atendernos, también eran muy pobres. Como le prometimos a mi mamá, mi hermano salió a buscar qué comer y yo me quedé cuidando a mis hermanitos; mi padre fue a vernos una vez y no volvió, vivía con otra mujer y tenía otros hijos.
Pocos meses después mi hermanito, el que seguía de mí, se salió de la casa y nunca pudimos encontrarlo, lo buscamos por días, no supimos si se murió o se lo robaron... No supe cuidarlo, siempre he traído cargando eso.

Xavier: -¿Cuántos años tenía tu madre cuando se enfermó?
Daniela: -40, los mismo que yo ahora.
X: -¿En dónde tuvo el cáncer?
D: -En el estómago.
X: -¿Tú dónde tienes el cáncer?
D: -En el estómago.
X:-¿Te sentiste culpable porque tu mamá murió?
D:-Sí, yo le pedí que me lo pasara, y cuando murió creí que no la había cuidado bien, como se lo había prometido, cuando le dije que nada le iba a pasar.
X:-¿Crees que hubieras podido mantenerla con vida?
D:-Ahora no, pero cuando era niña sí lo creía, estaba segura que si me pasaba su cáncer ella se salvaría. No lo logré.
X:-¿Cómo te sentiste cuando tu hermano se perdió?
D:-Me quería morir, quería desaparecer... y sigo pensando que fue mi culpa.
X:-¿Te das cuenta que se está repitiendo en ti lo mismo que le ocurrió a tu mamá?: a los 40 años tienes cáncer en el estómago. Es a la misma edad en la que se encontró que tu madre tenía cáncer y en el mismo lugar que ella.
-Eso significa que cuando le pediste a tu madre que te diera su enfermedad, abriste tu campo energético, el Enemigo Interior aguardó a cumplir tu deseo a la edad misma en la que tu madre inició con su problema, y la culpa que has cargado con la desaparición de tu hermano ha sido alimento perfecto para cumplir con tu deseo de morir.
-Cuando ella te dice que se va a morir, para que sane tú le ofreces que la vas a cuidar, esto se convierte en tu propósito de vida; al estar muriendo, ella te lo cambia por el de cuidar a tus hermanos, pero cuando el hermano se pierde tú pierdes el propósito de tu vida (promesa) y te quieres morir; como sigues pensando que es tu culpa, el deseo de morir sigue vigente porque no cumpliste la promesa de cuidar a tus hermanos, por lo tanto ya no tienes propósito de vivir. Así que el primer deseo de tener cáncer se activa como castigo.

Meggan: Cuando mi esposo murió me sentí muy afligida y sola; sentí una parte de mí irse con él, pensé nunca poder olvidarlo. Mis cinco hijos, sufrieron mucho, especialmente el mayor, estaba muy cerca de su padre. Al morir mi esposo, Enrique el mayor de mis hijos, me dijo que no me preocupara, él me ayudaría con sus hermanos, pero yo no podía dejar que él hiciera eso, le dije que ellos eran mi responsabilidad, y desde ese momento mi única razón de vivir eran ellos. Ahora recuerdo me hice una promesa en silencio envuelta en mi dolor, amor y compasión por mis hijos, me dije: nunca los abandonaré, siempre los cuidaré.
Al pasar los años tuve algunos pretendientes, pero nunca me quise volver a casar, no he podido olvidar a mi esposo, además mis hijos eran primero y no me iba a arriesgar a que una pareja me desviara de mi propósito primordial: cuidar a mis hijos y darles lo mejor de mí, ya que yo tenía que suplir a su padre.
Mis hijos ya están grandes y tienen sus propios negocios. Unos están casados otros siguen solteros pero están bien económicamente, por eso decidí aceptar la propuesta de trabajo en otra ciudad. Así que me fui pero no sé qué me pasó, unos meses después de haberme cambiado comencé a sentirme mal, los doctores no encontraron nada en los estudios que me hicieron, pero los dolores de estómago y las taquicardias eran constantes, así como los mareos y los desmayos; comencé a bajar de peso y me sentía muy mal, llegué a pensar que me moriría, nadie encontraba la causa, decidí regresar y estar cerca de mis hijos. Poco a poco, sin ninguna explicación, comencé a sentirme mejor y los médicos no entienden qué me pasó y yo mucho menos.

Xavier: -¿Sabes cuantas promesas hiciste?
Meggan:-Sí, una, la de cuidar a mis hijos. Y me siento muy tranquila porque lo hice muy bien, todos ellos son buenos muchachos y felices.
X: -No, tienes tres promesas: "Cuidar a tus hijos...", "estar siempre con ellos..." y "nunca olvidar a tu esposo...". ¿Sabes el porqué enfermaste?
M: -No, ya te dije que nadie supo qué me pasó. ¿Tienes una idea?
X: -Te voy a explicar promesa por promesa y te darás cuenta.
-Primero, al morir tu esposo te hiciste la promesa en silencio de nunca olvidarlo. Lo que significa que al no olvidarlo siempre está presente en tu vida, por lo tanto en ella no puede haber lugar para otra persona que no sea él, dando como resultado el que nunca te hayas vuelto a casar.
-Segundo, hiciste dos promesas a tus hijos: nunca abandonarlos y siempre cuidarlos. Esto quiere decir que toda tu vida debes estar con ellos; así que al moverte de ciudad estabas incumpliendo tus promesas; estabas haciendo algo mal, lo que significa que eres mala madre y como castigo tuviste todos esos malestares físicos que ningún médico pudo determinar porque no estaban en tu cuerpo físico sino que fueron provocados por el Enemigo Interior. Cuando realizas esas promesas se convierten en tu falso Propósito de Vida, esto no quiere decir que sin promesas los hubieras desamparado. Pero al prometer, tu energía se queda comprometida o concentrada en cumplir y estar con ellos. Cuando te vas porque tus hijos crecieron y ya no te necesitan, tu falso propósito de vida te reclama seguir cumpliendo, porque si no lo haces morirás, porque ya no existe ningún motivo que te mueva a vivir. Por supuesto esto es a nivel subconsciente.

 

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